Adoptar un perro ayudó a curar mi depresión, mucho más que ir a terapia

Doy las gracias por mi perro todos los días.

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Nunca creí demasiado en la terapia con mascotas. Jamás me gustaron los animales: no tuve una mascota al crecer, por lo que nunca entendí el vínculo de la gente con sus animales ni el poder que tiene.

He combatido contra la ansiedad y la depresión durante los últimos tres años. He visto varios psiquiatras y he ido a terapia, además de tomar varios antidepresivos. Los miedos y obsesiones más irracionales me agobiaban y pensé que nunca tendría un futuro normal.

Debido a mi ansiedad, estaba convencida de que tenía una enfermedad mental y tenía que internarme. Tenía miedo a la muerte y a perder el control, pero a la misma vez me costaba encontrar mi propósito en la vida. Sentía que nadie podría amarme; creía que no merecía ser amada y dado que siempre había disfrutado de las cosas esenciales de la vida, siempre pensé que en mi vida no había penurias de verdad.

Un día estaba en clase y mi mente empezó a divagar. Empecé a pensar cosas realmente tétricas.

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“A nadie le importa mi vida, soy un desperdicio de espacio. Si muriera, ¿le importaría a alguien?” Todo esto me hizo cuestionar mi propósito para vivir; me dio mucho miedo pensar así.

Tras hablarlo con mis padres y terapeutas ese noche, cambié de medicamentos otra vez. Pero estaba cansado de depender de médicos y sus medicinas. Quería sentirme importante para alguien. Vivía en la universidad, muy lejos de mi hogar. Tenía unos cuantos amigos, un novio y compañeros de habitación, pero siempre me sentía sola. No sabía como sentirme bien.

Un día, mis padres sugirieron que buscara un perro para hacerme compañía. Me sorprendió mucho, porque nunca permitieron mascotas en la casa. No sabía si podría manejar esa repsonsabilidad y me pareció una idea ridícula. ¿Cómo podría un perro ayudarme a recuperar mi salud mental?

Pero mientras más lo pensé, más me gustó la idea. Investigué sobre razas de perros y empecé a visitar perreras para aprender más sobre cómo cuidarlos. Mi familia me acompañó a muchas perreras en Los Ángeles para encontrar a un perro con el que pudiera establecer una conexión.

Fui a un parque donde muchos refugios llevaban perritos para ofrecerlos en adopción. Allí fue donde encontré al elegido. Fue como amor a primera vista, lo vi a la distancia y antes de interactuar con él sabía que tenía que adoptarlo.

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Llevé a mi perro a la escuela el día que lo adopté. Los primeros días fueron difíciles, pues nunca había tenido una mascota antes. Pero creé una rutina y cada día fue más fácil desde entonces. Nos encariñamos mucho, él dependía de mí y yo me encariñé con él.

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Siempre que llegaba a casa, mi perro estaba en la puerta y me daba la bienvenida. Sentí amor incondicional, como si un vacío dentro de mí ahora estaba lleno. Mi perro me ayudó a encontrar un propósito; también me volví mas sociable porque la gente quería acariciarlo y saber más sobre él. Empecé a hacer amigos en la universidad y encontré la felicidad.

Se sintió como si me estuviera convirtiendo en otra persona. Me convertí en una mejor versión de mí misma al ser más sociable y abierta a intentar cosas nuevas. Mi perro, Aristotle, me ayudó a apreciar las cosas que tengo, me enseñó a aceptar el amor. Aristotle salvó mi vida y estoy muy agradecida con él.