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Día Internacional del Libro Infantil: ''El día que te conocí, mi vida cambió para siempre''

lea y poppy abrazados dog-happy

Poppy cambió la vida de Léa por y para siempre ❤

© Léa Costes-Albrespic

Léa era una niña muy tímida, a la que hacer amigos en el colegio se le daba bastante mal. Pero un día, gracias a Poppy -su amado Sheltie- todo cambió.

Léa y Poppy superaron retos y plantaron cara a un destino que se presentaba bastante duro. Una historia que deja al descubierto el poder de los perros, porque ellos no son simples animales de compañía.

Un cuento escrito, con todo el amor del mundo, para celebrar el Día Internacional del libro Infantil por la redacción de Wamiz España que demuestra los beneficios del vínculo que se forja entre los niños y las mascotas. 

Por Vanessa Parapar , 2 abr. 2020

Léa era una niña un poquito tímida que vivía en Toulouse, al sur de Francia. A la pequeña le costaba mucho hacer amigos y enfrentarse a los retos que la vida va proponiendo a los más pequeños a medida que pasa el tiempo. Sin embargo; un regalo de su abuelo le hizo ver el mundo con otros ojos.

Los padres y los tíos de Léa decidieron hacerle un regalo al abuelito de la pequeña por su jubilación. El señor había trabajo durante muchos años para sacar a la familia adelante y ¡la recompensa de sus hijos fue una hermosa perra de raza Sheltie que, desde el primer momento, le robó una sonrisa al ''papi'' de Léa! La perra sería, sin ella saberlo, la tabla de salvación de Léa.

Desde que Mab (así se llamaba la perrita) se instaló en casa de los abuelos de Léa, ella y la pequeña se volvieron inseparables. Léa siempre estaba pendiente de la perrita y viceversa. Ambas pasaban mucho tiempo juntas: juegos, caricias, miradas cómplices, travesuras... Un vínculo que crecía con el paso del tiempo y que se volvió indestructible el día que el abuelito de Léa se puso muy enfermo. 😢

nina con sheltie navidad
La pequeña de Léa con Mab, la perra de su abuelo ©Léa Costes-Albrespic

La pequeña siempre estuvo al lado de Mab

Durante muchos años, el abuelito de Léa no pudo ocuparse de su amada perra. Pero... ¡para sorpresa de toda la familia, la pequeña de la casa cogió el relevo! ¡Léa siempre estuvo junto a Mab, siempre se encargó de cuidarla! 

Léa se ocupó de Mab desde los 8 hasta los 13 años. Una relación perro-humano envidiable que le sirvió para darse cuenta de lo que quería tener en su vida. Mab era su mejor amiga, esa que nunca consiguió en el colegio. Mab le permitía evadirse del mundo, traspasar las fronteras y enfrentarse a sus miedos. Pero en toda esa vorágine de sentimientos había algo que no encajaba, Mab no era su perra. Mab era la perra de su abuelo. 

Quiero un perro, quiero un perro...

Léa lo tenía más claro que nunca: ¡quería tener su propio perro (y si podía ser un Sheltie como Mab, mejor que mejor). Aunque la niña se encontró con varias piedras en el camino, convencer a sus padres no fue fácil: su papá pensaba que todo era un capricho y su mamá no quería tener animales en casa. 

La buena de Lea intentó convencerlos por activa y por pasiva de lo que supondría para ella compartir su día a día con un perro, lo que él animal aportaría a la familia, el amor que un peludo estaría dispuesto a regalarles sin pedir nada a cambio así como subrayar que sería ella la encargada del animal, ella estaba dispuesta a asumir las responsabilidades que implicar tener un peludo en casa. En definitiva, Léa se había aprendido de memoria las 10 cosas que nadie te dice antes de adoptar a un perro y ¡estaba dispuesta a correr con los 'riesgos'!

lea poppy abrazo
Léa y Poppy se funden en un emotivo abrazo ©Léa Costes-Albrespic

Pero esos argumentos no le sirvieron nada. La decisión estaba tomada no habría perros en casa. 

Cansada de las excusas de sus padres

Harta de la negativa de sus padres y convertida en una bella adolescente, Léa puso las cartas sobre la mesa y plantó cara a sus progenitores. ¡Quería su perro cuanto antes y hasta conseguirlo ese sería su único tema de conversación! Si a esto le sumamos que la niña se esforzó en el Instituto como nunca para sacar las mejores notas de su vida, teniendo en cuenta que a Léa eso de los estudios le costaba sudor y lágrimas, sus papás no pudieron volver a decirle que no. 

Al final, los esfuerzos de Léa obtuvieron una peluda recompensa

Y entonces llegó Poppy

Nada más terminar el curso escolar del año 2009, Léa tenía la edad de 14 años, sus padres la llevaron a un criadero de confianza al lado de su casa. Allí, tendría tiempo de enamorarse del que sería, ella no tenía ni idea, el hombre de su vida. 

cachorros de shletie
Poppy junto a sus hermanos©Léa Costes-Albrespic

De repente, mientras Léa fijaba la vista en los cachorros que acaban de nacer, un Shetland adulto se abalanzó sobre ella. Fue un flechazo inesperado, decía Serena la responsable del criadero, puesto que ese perro no solía mostrarse cariñoso ni reaccionar así con los desconocidos. No cabe duda, esta es una mera opinión del narrador, de que el destino le tenía reservado desde pequeña a Léa un perro de estas características. 

El peludo que le hizo la fiesta a Léa era el padre del Poppy, el perro que marcaría un antes y un después en su vida

Nada volvió a ser como antes

El 25 de agosto de 2009 fue la fecha que cambió para siempre la vida de la protagonista de este cuento. Léa fue a recoger a su primer perro al criadero de Serena. Un macho tricolor de raza Sheltie, que era hijo del perro que se había vuelto loco por ella meses atrás, y que respondería al nombre de Poppy. 

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La bola de pelo que cambió la vida de Léa ©Léa Costes-Albrespic

Nada más cogerlo, de nuevo, entre sus brazos, la joven tenía muy claro que algo importante estaba comenzando. Léa quería tener algo especial con su Poppy. Léa no quería una relación humano-perro al uso. Léa suspiraba por marcar, de una vez, por todas la diferencia. Y lo consiguió. 

Sin pensarlo demasiado, la chica le dijo a Serena que estaba dispuesta a hacer agility (en este enlace te enseñamos a hacer tu propio circuito) con él, una disciplina ideal para esta raza de perro que necesita mantenerse activa para sentirse bien. 

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Imagen de Poppy en una competición de agility ©Léa Costes-Albrespic

Aunque encauzar al perro en este deporte no fue una tarea sencilla para Léa. Poppy era un poquito cabezón y ella apenas tenía 15 años. La cosa empezaba a torcerse para esta adolescente y su amado perro. Pero, esta vez; Léa no iba a rendirse ni tampoco dejaría que su destacada timidez ganase la batalla. 

Por lo tanto, Léa y Poppy se pusieron el mundo por montera y saltaron todos los obstáculos habidos y por haber en su particular circuito. Día tras día el peludo fue progresando mientras que su dueña brincaba para romper el hielo que muchas veces le impedía hacer amigos. ¡Poppy le daba fuerzas para salir adelante!

Amigos de campeonato, saltos de competición y una relación envidiable, estos son algunos de los premios que Léa y Poppy ganaron
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El inseparable dúo junto a sus amigos de agility ©Léa Costes-Albrespic

Al final, Léa y Poppy hicieron grandes cosas juntos. 👏🥇 Y eso quedará grabado a fuego en la memoria de ambos.

''Un paréntesis para mi''

A Léa, la narradora lo sabe de buena tinta, aún se le llena la boca presumiendo de Y-pop (así lo llamaba en las distancias cortas) y los ojos de lágrimas al recordar los buenos momentos -y también los regulares- que vivió junto a él. Para ella, su perro fue un paréntesis en su vida. Una válvula para escapar de sus miedos. Una tabla de salvación para navegar en un mar, en ocasiones, repleto de lágrimas. 

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Un abrazo lo cura todo ©Léa Costes-Albrespic

El tiempo pasa para todos y, lamentablemente, Léa no iba a ser la excepción. Los años antes de entrar a la universidad no fueron fáciles para ella. Desde pequeña el mundo estudiantil no era la suyo. Mucho esfuerzo para toparse con resultados, a veces, mediocres. Un hecho que le hizo alejarse de su querido Poppy más de lo que ella misma quería. 

Léa tenía que estudiar y no tenía el mismo tiempo que antes para estar con él. Algo que Léa lamentó durante muchos meses puesto que su perro cayó en una depresión debido al distanciamiento de su mamá humana. Por lo tanto y casi sin reflexionar, la joven se mudó con su perro a un apartamento, que estaba al lado de su Instituto, para aprovechar cada uno de sus ratos libres con él. Una prueba de amor y compromiso como ninguna. 

Con mucho esfuerzo y todo el apoyo de E-pop, Léa consiguió entrar en una escuela donde realizaría estudios superiores. Una noticia alegre y triste a partes iguales ya que el centro se encontraba a cientos de kilómetros de su casa, concretamente en París. Pero esta vez, la joven había aprendido la lección: no solo no dejaría a Popy con sus padres sino que le daría una grata sorpresa a su perro, ¡había llegado la hora de ampliar la familia!

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Liam y Poppy, los pilares de la vida de Léa ©Léa Costes-Albrespic

Así fue como Liam llegó a su vida 

Con varias maletas cargadas de sueños, Léa, Poppy y Liam, que para más inri es sobrino de E-pop, llegaron a la capital de Francia. El trío era la envidia del vecindario ya que juntos parecían invencibles. Nadie podría con ellos, nadie podría romper el vínculo tan especial de este triángulo amoroso que hacía las delicias de amigos, familiares y compañeros de estudios de Léa. 

Poppy y Liam fueron la sombra de Léa durante muchos años. No la dejaban ni a sol ni sombra.

El momento más amargo

No obstante, todo tiene su fin. Y eso duele. Poppy se puso muy malito. El pobrecito luchó como el campeón que era durante más de un año contra una enfermedad hepática. 💪 Pero lamentablemente ni el duro tratamiento ni el calor de los suyos pudieron hacer nada por él. E-pop cruzó el arcoíris de los perros dejando un enorme vació en el corazón de su amada Léa y sin poder mirarla a los ojos por última vez. 💔

''Poppy es más que un perro, gracias a él soy lo que soy'', subraya la protagonista del cuento.

A su querida Léa, la muerte de Poppy la pilló de viaje y no pudo decirle adiós. Sin embargo, tanto ella como E-pop sabían lo que sentían. Ambos se dijeron hasta siempre, sin querer, en muchas ocasiones. Y Léa sabe que cada vez que mira al cielo; una estrella llamada E-pop brilla para alumbrarle el camino una vez más. 

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Poppy alumbra la vida de Léa desde el cielo ©Léa Costes-Albrespic

Dicen que cuando una puerta se cierra, una ventana se abre. En la historia de Léa; Poppy es un portón que aún está entreabierto mientras que Liam es la cristalera que ilumina la vida de su tímida dueña, aunque cada vez lo es menos.

Liam, sí nuestro amado Liam, fue el mayor apoyo de Léa en los duros momentos que atravesó tras la pérdida de E-pop. Él era, fue y será el perro que necesitaba en esos instantes. Un apoyo incondicional, un peludo sentimental y romántico que sigue sus pasos y no la deja sola ni un segundo. Un animal que supo estar a la altura cuando se le necesitaba y fue el encargado de imaginar otro vínculo, diferente al de Poppy -de eso no cabe duda- con su dueña.

poppy y lea corriendo juntos
Recorrieron juntos un camino inolvidable ©Léa Costes-Albrespic

Mab primero, Poppy después y Liam ahora fueron los encargados, sin proponérselo y cada uno en su nivel, de construir el destino de Léa, ayudándola a concentrarse en sus retos, ayudándola a superar sus problemas y dándole sentido a su vida. Si ellos no hubieran puesto sus patitas sobre su regazo, quizás, nadie hablaría hoy de esa niña tímida que fue capaz de enfrentarse a sus miedos y terminó siendo una mujer que lucha por cada una de las cosas que quiere. 

  • Gracias Mab por crear el vínculo de la pequeña Léa con un animal.
  • Gracias Poppy por soportar la torbellino de sentimientos de una adolescente. 
  • Gracias Liam por ser el apoyo incondicional de una mujer hecha y derecha.
  • Gracias a todos los perros del mundo por existir.