Durante los últimos 10 años, mi vida ha estado profundamente entrelazada con la defensa y protección de los perros. En ese camino he encontrado una de las mayores satisfacciones que he conocido: ver a un animal rescatado volver a confiar, volver a mover la cola, volver a vivir. Pero también he sentido una frustración que pesa en el alma… la de no poder llegar a todos.
Hoy salir a la calle ya no es lo mismo. Mis ojos no pueden ignorar lo que antes muchos no ven: miradas cansadas, cuerpos heridos, vidas abandonadas. Y duele. Duele profundamente saber que no siempre puedo protegerlos, que no siempre puedo defenderlos del abandono, del maltrato o de la indiferencia.
A veces me invade el enojo, incluso el asco, ante la falta de empatía que existe en muchos de nosotros, que nos llamamos “humanos”. Porque ser humano no debería ser solo una condición, sino una elección diaria: la de cuidar, respetar y proteger a quienes no tienen voz.
Pero a pesar de todo, sigo aquí. Porque cada vida que se salva, cada perro que encuentra un hogar, cada acto de compasión, vale la pena. Porque ellos no necesitan que seamos perfectos… solo necesitan que no miremos hacia otro lado.
Ojalá algún día entendamos que la grandeza de una sociedad no se mide por su progreso, sino por cómo trata a los más vulnerables. Y ellos, sin duda, lo son.