Recogimos a una gatita en julio, unos días antes de nuestra boda. Estaba fatal, muerta de hambre y llena de pulgas y garrapatas. Por lo que nos dijeron, llevaba ya varias semanas vagando por el pueblo. Decidimos quedárnosla, la desparasitamos, le dimos de comer... pero de repente su estado empeoró, empezó a sangrar... y una mañana nos encontramos un gatito muerto. Fuimos directos al vete: la gatita, que solo tenía 6 meses, estaba preñada y tenía una infección de útero enorme. El veterinario le tuvo que quitar el útero por completo. Se fue recuperando poco a poco. Después la tratamos de una sarna de oídos bastante grave. Pero al final todo se arregló y la pequeña empezó a recuperar fuerzas.
Y ayer, volviendo del cole con los niños, yo iba conduciendo con cuidado y mi hijo mayor sale del coche y me dice que la gata le da miedo. ¡Salgo yo y me encuentro con todo el horror!
Mi gata estaba ahí tirada en el suelo con sangre en la cabeza, pero no tenía marcas de atropello visibles; parecía que estaba dormida, ¡pero estaba sin vida! ¡No la vi venir, no sentí nada de nada! Era una gatita llena de vida, una luchadora; peleamos con ella para salvarla y, justo cuando todo iba bien, que ya había cogido peso, estaba preciosa y había recuperado las ganas de vivir... le quito la vida yo. Me siento terriblemente mal. Siento que el texto sea tan largo, pero necesitaba desahogarme.