Hola,
Mi gato de 8 años murió hace 6 semanas y no levanto cabeza. Sigo llorando todos los días, me paso el día dándole vueltas a mi sentimiento de culpa y, aunque sé que no se puede cambiar el pasado, no paro de imaginarme escenas en las que podría haberlo salvado.
Lo tuve desde que era un pequeñajo y es el primer y único gato que he adoptado yo sola. En toda su vida ha encadenado un problema de salud tras otro y muchísimos accidentes, tanto que ha pasado más tiempo en el veterinario que todos los gatos de mis padres juntos.
Hace 3 años lo llevé a la veterinaria porque había perdido mucho peso. Le hizo un análisis de sangre y le diagnosticó una anemia hemolítica (autoinmune) y le mandó cortisona. El tratamiento fue un éxito, recuperó peso rápido y volvió a estar en forma, pero recaía en cuanto le quitábamos la cortisona, así que se la dejamos puesta.
Como nos preocupaban los peligros de la cortisona a largo plazo, intentamos reducirle las dosis al máximo y así seguimos 3 años. Lo llevábamos todos los años a vacunar y, como la veterinaria no le hacía ningún control especial, yo no me comía mucho la cabeza.
Este verano, el día antes de irnos de vacaciones, me fijé en que iba muy a menudo a mear o que estaba estreñido, no sé, se lo comenté a la veterinaria y me pidió que le cogiera una muestra de orina y me dio cita para el día siguiente. Así que retrasamos el viaje dos días y lo llevé a la consulta. Según los análisis, tenía infección de orina, sangre y cristales, además de la vejiga muy hinchada. Al pesarlo me di cuenta de que estaba en los huesos y empecé a sentirme fatal por no haberme dado cuenta antes. La veterinaria le puso una inyección de antiinflamatorios, otra para el dolor y otra que ya ni me acuerdo de qué era. Le recetó un antiespasmódico (floroglucinol), su cortisona (subiéndole la dosis) y comida especial para disolver los cristales.
Me quedé con mi gato hasta la noche siguiente, haciendo que comiera; no veía mejoría pero pensé que el tratamiento tardaría en hacer efecto. Luego lo dejé con mis amigos, que son los que lo cuidan siempre, con su tratamiento y su comida especial.
Iba preguntando por él a menudo y, por lo visto, comía, bebía y seguía meando muy seguido pero muy poquito. Me preocupé un poco, pero no hice nada.
Pero a la semana, mi amiga lo llevó a urgencias (mi veterinaria de barrio parece que no podía recibirlo) porque ya no podía ni levantarse.
Allí le vieron un cálculo (de oxalato de calcio, de los que no se disuelven) que le obstruía la uretra y que tuvieron que empujarle hacia la vejiga; mi gato estaba en estado comatoso. Me preguntaron si querían que lo intentaran todo y les dije que sí. Intentaron estabilizarlo, le pusieron una sonda y le pusieron el gotero.