Exacto.
La correa de lazo permite controlar mejor —de alguna forma— la cabeza del perro. Al principio, sirve para sentirla mejor. Así que, en un mundo ideal, el humano entrena para no tener que estar mirando al animal. Notas sus intenciones a través de la correa.
Bueno, ya lo he dicho antes. Hay toques y toques. Tienes los que son para castigar, para desanimar al animal o para intimidarlo. Eso no está bien, no buscamos eso. Y luego tienes los pequeños toques de atención que sirven para comunicarte con el animal, sin castigarlo. Ni siquiera es algo incómodo, no tiene por qué sentirlo como algo desagradable, solo como una distracción.
El MEJOR ejemplo de lo que estoy explicando lo da el mejor paseador de perros del mundo, que no usa otra cosa que la correa de lazo: Cesar Millan. A él le va bien porque entiende que el perro tiene que ir a su lado. Ese es su trato. Correa corta, sin tensión.
No deberíamos aguantar jamás, jamás, jamás, jamás, jamás (¿está claro?) que la correa esté siempre tensa. Tiene que ir corta, pero sin tensión; si no, no sientes a tu perro. Y él tampoco te siente a ti.
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Sobre el minuto 1:10 pasa algo muy importante que seguramente pase desapercibido. Tres toques seguidos. Ahí establece el contacto. Ni siquiera lo mira. Empieza a condicionar al perro a ese feedback. Correa destensada, toque, destensa, toque, destensa, toque. No es nada malo. No tiene tiempo, es todo en directo. Pasa tal cual lo estás viendo. El último toque importante es sobre el 1:53. Ahí le deja las cosas muy claras a ese rottweiler, que no está acostumbrado a prestarle atención a quien lo pasea.
Después de eso, ya está condicionado. Asunto arreglado. El perro ya entiende esa forma de comunicación. Solo falta que el humano aprenda a hacer malabares sin mirar las bolas. Es lo mismo. Si sientes que la cabeza del perro delata sus intenciones, el gesto para distraerlo es instantáneo. Corta, sin tensión.
No he visto a ningún perro equilibrado que se resista a eso.