Hola a todos,
Seguramente con estas líneas lo que busco es un poco de consuelo, despejar las dudas que me quedan tras la partida tan repentina de mi perro y conocer vuestras experiencias si habéis pasado por una "pancreatitis aguda" con los vuestros.
Mi perro tenía casi 17 años y estaba en una forma increíble para su edad. La mayoría de la gente no le echaba ni 10 años. Solo tenía una ligera insuficiencia renal y una tosecilla crónica desde hacía 6 meses. Por él habría hecho cualquier cosa. Recorrimos Europa juntos. Solía llevarlo en una mochila y yo en mi bici.
Un día, en la madrugada del lunes al martes, empezó a vomitar, a vomitar muchísimo... No quería tomar nada. Al cabo de una hora, me fui al veterinario de guardia. Me daba miedo que se deshidratara. La veterinaria le hizo un análisis de sangre, no dio un diagnóstico claro, quizá una gastritis según ella. Le puso un pinchazo para los vómitos y me dijo que estaría tranquilo 24 horas y que si volvía a vomitar, que consultara de nuevo...
Vuelvo a casa, duermo unas 3 o 4 horas. Por la mañana, mi perro vuelve a estar fatal: vómitos y también diarrea... Lo llevo a mi veterinario en cuanto abren. Me dicen que lo deje allí, que le van a hacer pruebas y a ponerle el goteo. Vuelvo a la clínica sobre las 17:00. Mi perro ha pegado un cambio físico total desde la mañana: está retorcido de dolor, rígido, no puede ni tumbarse y babea un montón... Mi veterinario me da el diagnóstico: pancreatitis aguda. Me dice que su vida corre peligro por su edad (aunque 4 de cada 5 perros salen adelante con este problema). Le puso un tratamiento de 48 horas con goteo y morfina. Me dice que el perro se queda ingresado. En seguida me doy cuenta de que va a pasar la noche solo en la clínica y eso me destroza.
Paso la noche más horrible de mi vida, tenía el presentimiento de que nos íbamos a separar. Le pedí por favor que aguantara para esperarme y poder despedirme y darle las gracias por este camino tan maravilloso juntos.
Por la mañana, llamo en cuanto abren, solo para saber si seguía "vivo". Me dicen que sí, pero no quieren darme más información. Que le van a hacer más pruebas y que me llaman. Sobre las 10:30 me llaman de la clínica y me dicen que me pase a las 11:00.
Me pasan a un box y ahí llega mi perro: paralizado, gimiendo, casi no podía ni andar, babeando muchísimo y con la barriga hinchada el doble de su tamaño normal. Mi perro no pudo ni mover el rabo cuando me vio. Solo dio tres o cuatro pasos rápidos para demostrar que se había dado cuenta de que estaba allí y su "alegría" por verme. En ese momento vi en su mirada que ya no podía más. El veterinario, un sustituto muy joven porque su colega no estaba el miércoles, me dice que el tratamiento no ha hecho efecto desde el día anterior. Le acaba de hacer una ecografía abdominal y resulta que tiene el estómago dilatado cinco veces más de lo normal, ¡por eso tenía la barriga así!
En seguida entiendo que quiere alargar el ingreso sin cambiar la estrategia del tratamiento. En ese momento, y con el corazón en la mano, hablamos de la situación, que para mí era insostenible. Le pregunto por sus posibilidades de sobrevivir. Me dice que a esas alturas quizá hay menos de un 30 % de probabilidades y con posibles secuelas... Fui yo mismo quien tuvo que sacar el tema de dejar de verle sufrir y de la eutanasia. El veterinario estuvo de acuerdo conmigo y con la decisión. Con el alma rota, me despedí de mi perro después de darle un último paseo al aire libre y muchos mimos.
Cuatro meses después de que se fuera, la culpa y la duda me siguen persiguiendo. A veces hasta me enfado con el veterinario (seguramente sin razón) por no haber sido él quien propusiera esa opción primero, viendo que la situación clínica era dramática y evidente. Siento que cargo yo solo, o casi, con esa decisión y es horrible. Siento que he traicionado a mi perro. Hay veces que pienso que habría sido más fácil de aceptar si el veterinario lo hubiera sugerido primero. ¿Quizá el sustituto no quería interferir en el protocolo de 48 horas de su compañera? ¿Quizá quería intentarlo todo para no romper ese vínculo tan fuerte que me unía a mi perro? Nunca lo sabremos. Echo de menos a mi perro y no soportaba que sufriera ni que pudiera irse sin mí, solo, en el frío de una jaula.
¿Alguien ha pasado por algo parecido?
Gracias por leerme y por vuestras respuestas.


