Hace unos meses, en Austin, la rutina de Luiz Simoes dio un giro inesperado. Su hija de 16 años llegó a casa con una diminuta ardilla en brazos. El animal acababa de caer del nido y su estado parecía preocupante. Aspirante a veterinaria, la adolescente quiso ayudarla de inmediato.
Al examinar al pequeño mamífero, Luiz no lo dudó ni un segundo. La ardilla estaba deshidratada y presentaba una infección en el ojo derecho.
Padre e hija se pusieron manos a la obra para cuidarla y decidieron llamarla Esquilo.
Cuidada con paciencia y mucho cariño
Con el paso de los días, Esquilo fue recuperándose poco a poco.
Pero el vínculo no se limitó a su cuidadora. Para sorpresa de todos, Esquilo también se acercó muy pronto a otro miembro de la familia: Millie, la perra de la casa.
Desde el primer encuentro, Millie pareció adoptar a la pequeña ardilla. Al principio, Luiz sintió cierta preocupación, temiendo que pudiera producirse algún accidente.
Sin embargo, la perra mostró una dulzura extraordinaria, como si entendiera de forma instintiva la fragilidad del animal.
Una amistad inesperada entre un perro y una ardilla
A medida que Esquilo creció, la complicidad entre ambas se hizo cada vez más evidente. Jugaban juntas, corrían por la casa y pasaban gran parte del día una al lado de la otra.
Cuando Esquilo estuvo lo suficientemente fuerte como para valerse por sí misma, la familia tomó una decisión difícil pero necesaria: devolverle la libertad.
Contra todo pronóstico, Esquilo regresó a la mañana siguiente.
Una escena que emocionó profundamente a Luiz, hasta el punto de hacerle llorar. Hoy, la ardilla vive fuera, como corresponde a un animal salvaje, pero sigue visitando a la familia a diario.
Por su parte, Millie espera cada mañana junto a la ventana, impaciente por reencontrarse con su amiga.