Hay frases con los perros que a todos nos resultan familiares, del tipo "no me vayáis a meter un perro en casa", como ya parodió Pablo Meixe; o "en mi casa no entra un animal" o "yo perros no".
Y luego está la realidad… que suele tener cuatro patas, cara irresistible y una habilidad especial para derribar esas negativas.
La conquista silenciosa del bully
Eso es exactamente lo que pasó con Panceta, un cachorro de bully que con solo 7 meses y ya 30 kilos de puro amor, protagoniza uno de esos vídeos repletos de ternura.
La escena ocurre cuando la madre de la humana de Panceta —la típica abuela que siempre ha sido de "yo perros no"— visita a su hija en Madrid.
Primero empieza con un "no" para que deje de perseguirla y luego... pasa a darle un masaje con una unidad de dedo, como queriendo mantener las distancias: "Tiene ahí una contractura", se justifica la abuela.
La abuela está algo tensa, observando al bully con cierta distancia… pero también con curiosidad. Panceta, con esa mezcla de inocencia y descaro que solo tienen los cachorros, le ofrece la patita.
Y ahí llega el momento que lo cambia todo (risas por de fondo de la hija mediante).
—"Ay... Patita, patita, quiere hacerme algo, no sé el qué".
La frase ya deja ver que ese intento de mantener las distancias empieza a flojear. Porque aunque ella quiere convencerse de que sigue siendo "de las que no", está cayendo en las redes del amor perruno.
Es la magia de los perros: no fuerzan, no invaden… pero conquistan. Poco a poco, sin hacer ruido, hasta que un día te descubres hablándoles como si fueran bebés y preguntándoles por qué te dan la patita.