“¿Tu perro es macho o hembra? ¿Qué le pasa?”: las curiosas conversaciones en el veterinario

Un cachorro en brazos de un veterinario. / Roger Costa Morera
Un cachorro en brazos de un veterinario. / Roger Costa Morera

El tiempo en la sala de espera del veterinario se dan conversaciones de lo más curiosas entre los humanos de los perros y gatos

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“¿Qué le ocurre a tu perro?”, “¿Cuánto tiempo tiene?”, “¿Es macho o hembra?”, son algunas de las preguntas que escucharás, o harás, en la sala de espera del veterinario. El perro o gato de turno te atrapa con la mirada. Y lo que puede comenzar solo como una pregunta por educación con su humano, termina con curiosas conversaciones mientras esperas en el veterinario.

Lo curioso del asunto es que la escena se asemeja bastante a la de una sala de espera del pediatra: los niños con sus padres, los perros o los gatos con sus humanos. La situación es bastante parecida. En cada silla está cada cual con su mascota. Llega otra persona: “¿quién es el último?” y pide la vez. Cuando se calma un poco el alboroto entre los perros  –cada vez que entra uno nuevo por la puerta comienza el festival de olisquear, ladridos o amagos de ellos –, se echa un vistazo a los que hay en la sala: cachorros despeluchados, adultos, más pequeños con divinos chaquetones, más grandes con un precioso porte, de raza como los pastores alemanes, cruces la mar de cariñosos,… Y las preguntas para saber qué les pasa a unos y otros vienen casi de corrido.

“¿Tu perro es macho o hembra?”

Los perros, por ejemplo, son una especie muy inteligente y saben de sobra cuando van al veterinario. Si no están habituados a salir a otra parte, más allá de los paseos diarios, probablemente tengan relacionado el viaje en coche con el veterinario. Muchos se suelen poner bastante nerviosos, sobre todo una vez que entran en la clínica. Se ve que para ellos desprende ese olor con el que identifican al señor o señora de bata blanca. Los lloriqueos, los medios ladridos, y el nerviosismo por salir de allí no tardan en aparecer.  Y esa es otra de las conversaciones: “¿por qué se pone tan nerviosa?”; “Laa última vez que vinimos le hicieron…”, serán algunas de las respuestas.

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Un gato dentro de su transportín en la sala de espera del veterinario: / LOLA DUARTE
Un gato dentro de su transportín en la sala de espera del veterinario: / LOLA DUARTE

Y al “¿qué le pasa?”, le salen dolencias de todos los colores. Las internas van desde un simple resfriado o faringitis hasta enfermedades más graves que les ataquen a órganos vitales como los riñones. Incluso cáncer. La última vez que fui con Chufa llegó una chica con un perro que se lo encontró cerca de su casa: sin apenas pelo, en los huesos, con las orejas comidas por las garrapatas. Aunque físicamente mejora, por dentro los resultados de las analíticas son negativos. Por suerte para él en su camino se cruzó con esta mujer. Pocos son capaces de recoger a un perro de la calle y hacerse cargo de los gastos veterinarios para ayudarles.

Urgencias o visitas de rigor

En otros casos es evidente que se trata de algo físico. Aquel día también entro un american staffordshire, cogido en brazos por su dueño, con la mandíbula desencajada. Las caras que se nos quedó al personal que esperábamos al ver aquello… todos pensamos que lo habría metido en alguna pelea o similar. O los puntos de sutura en los ojos de un sharpei. Es una raza muy delicada y debido a sus arrugas, que le tapan el hocico y los ojos, necesitan varias operaciones a lo largo de su vida para que no suponga un problema.

O sencillamente te toca ponerle la vacuna de turno a tu perro o gato que está como una rosa. Sea como fuere, ¿a quién le gusta ir al médico? A nadie, pues a tu mascota tampoco le gusta el veterinario. Será por eso que cuando os vais de la clínica salen escopeteados. Les falta hablar y decir: “¡gracias por sacarme de aquí, humano! No me traigas más, ¿vale?”.

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Redactora. En ocasiones le pongo voz a los pensamientos de mi perra, Chufa. Si algún día le da por hablar seguro que entraría en bucle: jugar, pelota, calle, jugar, calle, comer, comer, calle... y en ese orden. Sí, me tiene loca.